RUSIA-UCRANIA: UN NUEVO SIGLO Y LA GUERRA DE SIEMPRE

A pesar de las expectativas que llegaron con el siglo XXI, los sucesos entre Rusia y Ucrania, nos devuelven a los modales hegemónicos de la peor época de la guerra fría URSS-USA. Por eso, la condena de la guerra, sin tomar nota del contexto en el que se produce, ni los intereses en juego, nos puede llevar al simplismo de «pedir paz», mientras enterramos cadáveres y se acumulan sumas siderales producidas por la venta de armamento, todo, como preludio de una conflagración de irresponsables, dramáticas e incalculables consecuencias. 

Estados Unidos, bajo el pretexto de una amenaza rusa sobre Kiev, movilizó destacamentos militares en Europa Oriental, provocando que la Federación Rusa produzca una guerra denunciando a los norteamericanos por alentar la integración de Ucrania a la OTAN, una alianza de países cuya actividad, Moscú siente que afecta seriamente la estabilidad de la región. Es decir, el conflicto ruso-ucraniano esconde la vieja disputa imperial por el control geopolítico que antes nos llevó hacia dos guerras de las que pareciera haberse aprendido poco.

La ofensiva rusa tras las regiones de Donetsk y Lugansk son absolutamente condenables y aprovechadas notoriamente por un neo nacionalismo fascista envuelto en chovinismos -algunos independentistas- sobre los que actúa la misma bota militar que se usaba en la ex Unión Soviética, donde la caída de la “cortina de hierro” y el llamado fin del “socialismo real” no terminaron de liquidar esa noción de identidad totalitaria que el comunismo se empeñó en cincelar para preservar el obsesivo convencimiento comunista “de ser la nación llamada a asumir el rol protector que tenía el social-imperialismo soviético”, un modelo extendido a los territorios que siguen constituyendo en el razonamiento ruso, “parte de su influencia natural”.

Hay que condenar la guerra y acompañar la intervención de la comunidad de naciones en pro de la paz, pero cuidando que, tras todo el activismo entusiasta de estos días no siga moviendo sus hilos (intereses el gran titiritero norteamericano que utiliza una lógica maniquea por la cual “interviene contra quien atenta contra la libertad o necesita preservarla ”, cuando tiene temas pendientes que explicar sobre el mismo asunto en Afganistán, Irak, Libia y Siria.

Solidaridad con todos los pueblos y clases oprimidas del mundo, pero sin olvidar que el imperialismo y la opresión son despreciables, sean financiados con dólares o rublos. 

 

 

Gráfico La Razón.es

LA JUVENTUD APRISTA

COLUMNA DEL APRISMO HISTÓRICO Y POPULAR (*)

 

”La JAP es escuela de preparación integral para la vida, en la cual se capacitan y adiestran los luchadores sociales que aspiran a ser los protagonistas y conductores de su destino como integrantes del Frente Único de Trabajadores Manuales e Intelectuales, en su anhelo de alcanzar la justicia social de PAN con LIBERTAD”

Estatuto de la JAP

Tras cuatro años de intensa labor, 1934 se proyectaba como un año definitivo para la resistencia política en el Perú.  Tras los terribles sucesos revolucionarios que habían sacudido la conciencia nacional y enlutado a la nación, las cárceles se encontraban repletas de militantes y dirigentes del aprismo, golpeándolo sensiblemente y poniendo en riesgo el éxito de la lucha política por las libertades que lideraba. Por esta razón, el día sábado 6 de enero de 1934 -feriado por Pascua de Reyes-, Ramiro Prialé, quien cumplía años ese mismo día, tras una reunión con los hermanos Rodríguez Vildósola y Nicanor Mujica Álvarez Calderón, evaluaba las condiciones de seguridad en las que se realizaría una importante reunión que reuniría a los jóvenes que participaban de las tareas de las células de resistencia clandestinas.

La idea fue incorporar funcionalmente a estos jóvenes y darle sentido orgánico a las tareas del partido, formando un estamento de coordinación institucional que llamarían  Federación Aprista Juvenil (FAJ), organismo antecesor de la actual Juventud Aprista Peruana (JAP), que venía desarrollando una relevante experiencia participativa a través de la Vanguardia Aprista de Choque, la Vanguardia Aprista Juvenil  y el Sindicato Estudiantil Aprista, según los relatos contrastados de los escritores Luis Alberto Sanchez, Roy Soto Rivera y Percy Murillo Garaycochea.

Si bien la asamblea fue coordinada por el propio Ramiro Prialé por encargo del Jefe del partido para el día siguiente, es decir el 7 de enero, esta reconocer el protagonismo que adquirieron los jóvenes en la lucha heroica contra la tiranía. Las bases del aprismo clandestino habían sido sensiblemente diezmadas entre la persecución, la carcelería y la muerte que avasalló a la primera promoción fundadora, por lo que la fuerza juvenil que lideró la respuesta social se convertía en una fuerza de renovación que revitalizaba al partido, refrescó los escenarios de lucha, mantuvo al tope la moral de los combatientes y reavivó intensamente la resistencia civil.

La asamblea de jóvenes del 7 de enero de 1934 fue por eso crucial. Se realizó frente a la primera sede de la Casa del Pueblo, ubicada al final de la cuadra 10 de Calle de Pobres, hoy jirón Lampa, lugar donde, además, funcionaría por años el primer Comedor Popular del Pueblo promovido por el PAP. Así, en el 1034 de dicha calle, jóvenes delegados de todos los Comités de Lima y Balnearios, así como de las células residenciales (provincias) de los variados estratos sociales se juntaron en apretado haz de voluntades para mostrarse como fuerzas activas, disciplinadas y constructivas, agrupándose disciplinariamente sin despertar sospechas en el vecindario, hasta que el compacto, aunque pequeño grupo de no más de 100 jóvenes, se comenzaron a reconocer y, sin liderazgos, se dio inicio a la magna asamblea.

Los registros de dicha reunión aparecen consignados en la edición de la mañana del periódico La Tribuna del día 8 de enero de 1934, en ella, consta la designación de Armando Villanueva del Campo como el primer secretario general de la FAJ, acompañado de Néstor Walqui Pereyra, joven subsecretario encargado de la organización del Comando Juvenil en la que destacaban además,  Nicanor Mujica, Luis Rodríguez Vildósola, Andrés Townsend, Humberto Silva Solís, Armando Villanueva, Pablo Silva, Pedro Jiménez, Biaggio Arbulú, Guillermo Cabrera Charun, Susana Medrano y el “Canillita” Palomino, un grupo humano  imbuido del puritanismo de Haya de la Torre que trataba de dar forma a un movimiento de rescate moral, profundamente doctrinario y de un activismo pleno en el seno del PAP.

Una frase consignada en un cartel colocado sobre la mesa de acreditaciones y registros reiteraba lo que era un mensaje muy común entre los jóvenes apristas, en el que se leía: “Joven prepárate para la acción y no para el placer, porque esa es tu ley”. Los oradores fueron el propio Haya de la Torre, Ramiro Prialé, Luis Alberto Sanchez, Pedro Jiménez, Susana Medrano y al “Canillita” Palomino”, tal como aparece en la nota de La Tribuna, donde se remarca, además, la frase de Haya de la Torre con la que celebró esta ocasión: “La juventud debe sentirse libre de las herencias miserables que nosotros tuvimos que arrastrar”.

Las condiciones generales en las cuales aparece la Federación Aprista Juvenil en el escenario político, están caracterizadas por la ilegalidad del PAP y la acción netamente clandestina de sus dirigentes, un período en el que la juventud actuó como pieza importante para la supervivencia política del partido, debido al rol que cumplió sin otro propósito que el de servir a la causa de Haya de la Torre, tal como quedó evidenciado tras las tres tiranías en las que la FAJ lideró la resistencia de manera directa y protagónica: Benavides 1934-1939, Prado 1939-1945, Odría 1948-1956.

La heroicidad de las juventudes apristas a lo largo de su historia, llenan páginas de gloria en las que aparecen cientos de ejemplos de valor y heroísmo, entre los que destacan Celso Albinagorta, Manuel Cerna Valdivia, Juan Maclean Bedoya, José Melgar, Cruz y Rosado; Pedro “Perico” Chávez (La Tribuna), Luis Cachay y Jorge Pintado (Chap), Victor Alvarado Verástegui (CEA) y Marco Antonio Ayerbe Flores (CUA-ARE) entre muchos centenares de jóvenes que entregaron su vida por la causa de la justicia social que el aprismo representa.

Con la organización de las juventudes apristas, el partido logró fortalecer el Frente Único, vía la alianza con los trabajadores y sus organizaciones más representativas. El Fajista Juan Maclean Bedoya, muerto posteriormente por la grave afección de la inhumana carcelería a la que fue sometido, fue quien desarrolló la estrategia que permitió que las luchas de la FAJ y los sindicatos fueran una sola en el contexto de los combates por la libertad, inaugurando esa extraordinaria solidaridad militante entre ambas organizaciones que nunca más se quebró.

Si bien estas son las páginas que recuerdan en apretada e injusta síntesis, la gloria de una pujante organización popular, ayudan a comprender la dimensión de esta Escuela Integral para la vida, de un proyecto liderado por el propio Haya de la Torre para promover la renovación de los actores sociales que, ya en pleno siglo XXI, debe permitir mantener las mismas valoraciones que fortalecieron al aprismo para cumplir esa tarea de transformación y cambio en busca de justicia social y bienestar, sobre todo, para los que menos tienen, dándole sentido al inmortal mandato que hemos repetido por décadas enteras: ¡JUVENTUD APRISTA: A LA ACCIÓN!.

 

(*) Libro del autor :»LA JUVENTUD APRISTA  El ejército insurgente de Haya de la Torre»

RAMIRO PRIALÉ

Un esfuerzo para reivindicar la honestidad política

Recordando al maestro en el día de su nacimiento…

En un país teóricamente emancipado, pero en el que se mantienen modos cortesanos y un banal espíritu virreinal, donde las oprobiosas exclusiones, las promesas incumplidas y los proyectos inconclusos son una constante, lo que faltaba era que el fatalismo que nos condena al subdesarrollo convenientemente inventado por las oligarquías que detentan el poder, genere el clima propicio para que la corrupción tome por asalto el poder e inicie una grosera sucesión de gobiernos preservadores de los intereses de una élite liderados por impresentables facinerosos.

La opresión, el oscurantismo y la falta de conciencia histórica hicieron lo suyo por su parte, destruyendo los paradigmas de nuestra más cara nacionalidad y ninguneando el sentido trascendente del patriotismo con el que el pueblo había despertado para participar de la construcción de su propio destino, forjando sus organizaciones y conquistando cambios en la noción de la economía y la política, siempre bajo la noble aspiración progresista de la justicia social.

En medio de esa trama visibilizada con nitidez desde inicios del siglo xx, generaciones brillantes siguieron la ruta trazada por J.C. Mariátegui y V.R. Haya de la Torre, aportando singulares cualidades en todos los campos del pensamiento y la acción. Ramiro Prialé, quien había nacido un 6 de enero del año 1904, fue una de las extraordinarias personalidades surgidas desde la entraña de los andes que con indescriptible sencillez se hacía notar en medio de la grosera sociedad de formas oligarcas que imperaba, poniendo al servicio de su país  -con talante y talento personal- una contribución a la tarea liberadora del Perú, como un esfuerzo tangible en el que la solidaridad y las fuertes convicciones democráticas se mezclaban con una honestidad acrisolada que contribuyó, de manera decisiva, a romper con el pasado vergonzante y fortalecer el diálogo entre peruanos y constituirse en la columna principal de la organización partidaria más importante del pueblo trabajador, logrando, incluso en las más aciagas horas de la persecución, la clandestinidad y la cárcel, una resistencia heroica donde, cual predicador del advenimiento de la buena nueva, Prialé aparecía anunciando vehementemente la esperanza aprista de mejores tiempos.

Ramiro Prialé llegó a la política para participar activamente y cambiar esa pesada carga de traiciones y miserias de la que está llena la historia oficial del país, superando con mucho esfuerzo su propia condición de hijo del pueblo y aprista, imponiendo los objetivos trazados durante toda su vida, es decir, luchar contra la pobreza y la exclusión de las provincias, convirtiéndose -desde su condición de militante de un progresismo proactivo-, en un pilar de la convivencia ciudadana y ese diálogo entre peruanos que se mantuvo a pesar de la coyuntura y las diferencias ideológicas. Gracias a él, la idea del Diálogo nacional, el Proyecto país y el Programa Perú se integraron al discurso político, al punto que hay períodos donde la democracia le debe a este genio, la posibilidad de existir.

Fue perseguido y encarcelado catorce años, sumando otros períodos de destierro por defender las libertades. Pagó en el destierro el costo de su lealtad al partido del pueblo con una penosa e irreversible situación familiar, circunstancia que, sin embargo, jamás le arrancó una expresión de rencor, permitiéndole deponer sentimientos personales privilegiando el interés de la patria que en varias oportunidades lo terminó acercando a sus propios perseguidores. En el plano personal cumplía con todas las invitaciones que recibía y asistía puntualmente a los sectores partidarios, sindicatos, organizaciones sociales y grupos que los requerían -aún a los más pequeños y distantes-, escuchando con real interés las preocupaciones cotidianas en el lugar que fuera abordado. Visitó los hogares de sus compañeros e innumerables ciudadanos –aun cuando no tuvieran una estrecha relación con él- alentando a los familiares de los presos o enfermos a mantener la fe en la causa que los unía. Contribuía anónimamente en cuanto le era requerido por propios y extraños, permitiendo a los angustiados que lo buscaban, sobrellevar sus problemas y resolverlos con la diligencia posible. Llegaba de improviso a las celebraciones de cumpleaños, bautizos o, simplemente, para acompañar a la familia de un número impreciso de fallecidos a los que despidió personalmente.

Haya de la Torre depositó toda su confianza en él  por largos períodos y por ello, le encargó dirigir su partido, contribuir personalmente a organizar las juventudes apristas y a los Chicos Apristas Peruanos (CHAP), tarea en la que, en su condición de profesor, pudo liderar la defensa de la gratuidad de la enseñanza, consolidando el sueño de las generaciones precursoras de hacer del aprismo, no solo un gran movimiento de masas, sino fundamentalmente, un partido escuela.

El gran organizador político, el impulsor proactivo de inquietudes ciudadanas, el dirigente honestísimo, el parlamentario culto, hábil y el eficiente presidente del senado impuso el mejor de los estilos, la palabra serena y cumplida preservada con el gesto viril de un exigente maestro, predicando, además, con el ejemplo de su propia vida. Los rasgos duros de su rostro andino contrastaban con su mirada tierna y el gesto fraterno de sus manos al abrazar a todos. El poeta Alberto Valencia ha dicho que, “como hijo legítimo del pueblo, bregó por formar –desde el aula o en el poder-, una falange de jóvenes superiores -moral y espiritualmente- para hacerlos parte de esa raza especial de hombres dignos, que impusieron, con el ejemplo de su vida, una nueva moral política”.

La dramática crisis moral que sobrevino en el país compromete su legado y nos lo devuelve en su lucha sin cuartel contra el aprovechamiento del poder. Con una conducta pública y privada intachable, su recuerdo se levanta sobre la miseria moral para reclamar cambios urgentes antes que el robo y la corrupción se conviertan –falsamente- en una constante e inevitable normalidad.

Aprendí mucho de su enorme capacidad reflexiva y de su fraternidad. Me agobió siempre, sobre todo, cuando respondía con una sonrisa los cuestionamientos y los insultos. En la fraternal y franciscana reserva de su hogar  ubicado en el pujante distrito limeño de Jesús María, nos recibía al culminar las jornadas de labores y allí lo escuché -grande y genial- hasta que las madrugadas nos asaltaran en medio de anécdotas, preocupaciones y los sueños entusiastas de un veterano que, a diferencia de otros, mantuvo hasta el último aliento, un proverbial espíritu guerrero y un aprismo permanentemente activo, futurista y joven.

El 25 de febrero del año 1988 falleció, dejando un legado de amor inmenso por el Perú, y la obra de Haya de la Torre intacta, lo que debería ser difundido intensamente. Sin embargo, hoy, muchos jóvenes no lo identifican porque la historia oficial prefiere mantener en sus páginas a personajes que compraron un sitio en  sus registros con dinero y poder, mientras don Ramiro partió –a pesar de todo el poder que dicen que tuvo- en la pulcritud de la sencillez de un hogar discreto y una decencia ejemplar que fueron parte de una actividad política a la que entregó todo, guiado siempre por el ideal de darnos un país de posibilidades que, como lo hacen los grandes maestros, brindó una inolvidable lección de honestidad que bien valdría la pena recordar y enseñar en estos tiempos de absoluta orfandad moral y miseria política.

 

¿QUÉ HAY TRAS EL SOMBRERO?

Sendero Luminoso, la quinta espada, o una estafa

La derecha peruana que ve fantasmas en todos lados, sigue sumida en complejos y añoranzas oligárquicas que la mantiene envuelta en una especie de esquizofrenia que la hace actuar en función de una realidad que existe solo en sus mentes, pero que, al mismo tiempo, niega las dramáticas voces de esa nación agónica que, por siglos, desde las provincias y los nudos de pobreza, exige cambios.

                 Más preocupados en proteger el estatus y los privilegios, los conservadores creen que la división de los peruanos los favorecen, renunciando a fomentar una mejor y menos conflictuada convivencia social que empiece descartando las mañas usadas durante el siglo pasado, cuando el civilismo y el latifundio impulsaron el antiaprismo como un movimiento destinado exclusivamente a confrontar al país pobre, tratando de frenar cualquier atisbo progresista, financiando incluso, proyectos partidarios de endeble consistencia conceptual e ideológica para “mantener el orden a toda costa” incluso, abriéndole  las puertas al fascismo y esa criminal asimetría de la economía rentista que liquidó en nuestros países todas las oportunidades para los pobres, postergando el desarrollo popular y negándose a la construcción de una real ciudadanía, por cuya ausencia, se explica el alarmante e insulso protagonismo de gobernantes mediocres (de todos los pelajes, incluso de izquierda) que accedieron al gobierno, pero para “hacerse de los recursos públicos”, favoreciéndose con la administración corrupta de la cosa pública, en medio de una vergonzosa y continua impunidad.

                 Solo por mencionar algunos ejemplos, la «desinteligencia» histórica de la derecha (y su desconocimiento de la solidaridad)  han sido siempre de tal nivel, que fue capaz de concentrar esfuerzos y recursos para defenderse cuando se afectaron sus bienes y linaje. Sucedió en la gesta emancipadora cuando se calló la voz de las montoneras indígenas para privilegiar otras gestas, sucedió también en plena Guerra del Pacífico cuando se postergó el heroísmo de soldados del pueblo para encumbrar a miembros de la oligarquía terrateniente, políticos y hasta algún gobernante que huyó con parte de los recursos obtenidos para las armas de la defensa en plena guerra; pasó también en los tiempos del velascato cuando financiaban y «se enfrentaban» cómodamente desde el extranjero al estatismo militar y, sucedió también en 1987, cuando una ley de estatización de la banca se abría paso en un momento en el que los recursos de la nación fugaban en escandalosos círculos financieros de aprovechamiento, mientras el pago de la deuda externa nos dejaba sin recursos para educación, alimento y desarrollo, condenando a las mayorías a la miseria absoluta y, en consecuencia, a la muerte, cuando el terrorismo hacía que los ricos reforzaran su seguridad personal, protegían tras parapetos sus mansiones y redoblaban la defensa de su infraestructura empresarial, claro,  tras enviar a sus hijos y familias a vivir en el extranjero.

                 Entonces, fue al pueblo al que le tocó hacerle frente al senderismo terrorista del Partido Comunista que, en los años 80-90 del siglo pasado, sembró de terribles pérdidas económicas y muerte a nuestra nación. Los pobres, contra quienes Sendero Luminoso disparó, promovieron por eso, las rondas, la autodefensa y elevaron su conciencia democrática, ofrendando por miles sus vidas, como víctimas heroicas de la insania. El dato, sin embargo, no es intrascendente, gráfica de alguna manera el viejo drama del Perú en el que unos luchan por la patria y otros solo miran, corren de miedo, se movilizan en autos blindados o, simplemente, se van del país. La guerra ideológica, política y militar que se le ganó al terrorismo, fue a pulso, quebrándole el espinazo a la subversión y perdiéndole el miedo a estos miserables a los que les arruinamos el llamado equilibrio estratégico que buscaban atacando objetivos civiles, logrando que sus  principales dirigentes purgaran prisión, no por razones políticas como arguyen ahora, sino, por los asesinatos de humildes campesinos, de gente trabajadora, de dirigentes sindicales, sociales  y políticos a quienes les quitaron la vida en nombre de una guerra popular inexistente y un  caricaturesco “presidente Gonzalo” que dirigía sus hordas desde un cómodo y frugal escondite.

                 Sin embargo, pese lo descrito, el Perú pudo enrumbar su destino y reconstruir su democracia sin perder de vista el actuar de los remanentes terroristas ahora vinculados al narcotráfico, esfuerzo en el que algunos irresponsables, metidos a opinólogos, carentes de seriedad científica y razonamiento antropológico, aportaron poco, al plantear estrategias practicistas que apostaron por un entendimiento de la coyuntura bajo la guía de la frase “bajo el sombrero está sendero”, que fue el argumento que se convirtió en poco tiempo en un grito  rentable políticamente para la oposición al gobierno actual de Pedro Castillo, pero que dice poco del problema de fondo que significa en ese gobierno, la presencia de terroristas.

                 Expresado con claridad, Perú Libre ganó las elecciones, sin embargo, es una organización minúscula, sin bases populares, poco representativa. Pedro Castillo por su parte, es un dirigente sindical, radical, con presencia sobre todo en la actividad magisterial, sin embargo, no es un líder popular, no destaca por su oratoria, tampoco genera una extraordinaria adhesión de masas, ni posee cualidades de estadista. Literalmente, se encontró la presidencia del país y desde entonces, son más los errores que los aciertos producidos los que muestran su casi nula trascendencia, hecho al que suma el pésimo nivel de su entorno lleno de entusiastas desorientados y con marcadas carencias intelectuales y morales. Naturalmente, a nadie, seriamente, se le podría ocurrir señalarlo como la quinta espada de la revolución mundial tras Lenin, Stalin, Mao y el propio Abimael, cuyo nombre por cierto, en esa lista, ya era por sí misma, un despropósito, como lo son Vladimir Cerrón o el misógino “Puka” Guido Bellido, personajes anecdóticos en la historia de la izquierda peruana cuyo activismo será siempre marginal, pese, que resultaron  protagónicos gracias a los grandes medios de comunicación que les regaló harta propaganda y la candidatura rechazada de la fujimorista «señora K»,  hecho que los condujo a Palacio de Gobierno.

                 Lo endeble de la casi inexistente organización partidaria de Perú Libre, convertida ahora en una organización criminal, permitió su copamiento en plena campaña electoral por parte del Movadef, los familiares de los llamados «presos políticos» y otras organizaciones que laboraron políticamente tras Sendero Luminoso antes y después de su capitalutación, buscando “sombrearse” para acceder y usar al Estado democrático (burgués) y desde allí consolidar algunas de sus acciones estratégicas, mientras, por otro lado, la crisis política y la ausencia de los partidos políticos, perseguidos, desmovilizados e impedidos de participar en los últimos procesos electorales, les dejó libre el escenario al que se sumó esa lumpenería que ingresó al Parlamento y consolidó el rechazo de la gente a una democracia que no les resuelve los problemas y que sigue usando Sendero Luminoso para flotar, mutar y reagruparse, mientras los demás miran al lado equivocado.

                 Las crisis gubernamentales producidas han sido motivo suficiente para explicar la caída libre de las adhesiones del presidente y el gobierno en tan poco tiempo, incluso, el hecho que algunos parlamentarios de Perú Libre (partido que llevo a P. Castillo al gobierno) deslicen la posibilidad de apoyar una «vacancia presidencial por incapacidad moral», constituye una señal que parece ser suficiente para los insulsos que desde la derecha y el oportunismo, creen que esa vacancia presidencial, resolverá los problemas políticos, económicos e institucionales que vivimos, sabiendo que el remedio (como pasó con la sucesión de Vizcarra) podría ser peor que la enfermedad si es que es la vicepresidenta Boluarte quien termina conduciendo al país. Insistir, por tanto, en los signos del grosero fraude realizado por el JNE y en consecuencia, exigir nuevas elecciones generales, parece ser el único camino, supera una «vacancia» con tufo ha negociado y opta por un camino que solo el aprismo exploró y alentó oportunamente, adelantándose a lo que sucedería tras las groseras repartijas congresales en la que todo parece ser negociable y que promueve el gobierno con algunas de las mal llamadas fuerzas de oposición.

                 Ni lo que queda de Sendero Luminoso y sus organismos de fachada -ahora activando en el partido Perú Libre-, ni sus eventuales colaboradores de la facción del Partido Comunista del Perú Patria Roja, denominada Pukallacta, imaginaron jamás gobernar el país, por esa razón, no saben quehacer, mientras hay quienes son llevados de las narices tras un sombrero que, por lo que nos muestran los últimos escándalos, solamente se usa de día, mientras de noche, se reemplaza por un gorro que en ambos casos esconde a un mediocre corrupto cuando es únicamente un señuelo para opositores  despistados.

                 Las secuelas del terrorismo están activas en el VRAEM, hay también una labor política en centros obreros, universidades y escuelas, una presencia política y propagandística en frentes de defensa y organizaciones de base, mientras el Movadef  desarrolla una estrategia de presencia social que hay que mirar con cuidado porque aprovecha la falta de memoria respecto del terrorismo ayudado por el tiempo transcurrido y la debilidad del sistema que le permite consolidar adhesiones y nuevas presencias desde la tribuna congresal que usa de un inocente, indefenso y simbólico lápiz como logotipo e imagen para abrir sensiblemente espacios en el marco de una estrategia en la que el inefable P. Castillo podría perfectamente ser vacado por sus indefiniciones y corruptelas, pero sobre todo porque objetivamente, cada vez parece servirle menos a  los radicales  tras el poder.

 

 

 

Grpáfico: elmundo.es

HUMAREDA Y LA ENORME CAPACIDAD DE SER

La primera vida –refiriéndose a la niñez-, siempre nos marca definitivamente, me repetía el gran Guillermo Carnero Hocke y, tras los años, convine certeramente en ese concepto, una y otra vez, sobre todo, tras encontrarme con Victor Humareda Gallegos.

Me propuse hacerle una nota y, cuándo lo encontré, romper el hielo era el principal objetivo. Lo tuve al frente y parecía conocerme de siempre por lo que con señales “iniciamos un diálogo” debido a su dificultad para hablar que suplió con gestos y registros en papel.

Duro, complejo y entrañable con los recuerdos, me acercaba y alejaba a su vida impidiendo que fuera parte de ella. Como elegante presentador de una comedía representada por él mismo, trasmitía capítulos de una historia  que la pretendía ajena produciendo momentos inolvidables.

Mis notas quedaron grabadas y sin uso cuando me estrujó en el rostro su infancia de soledad y estrechez económica, la misma de millones en el Ande. Victor Humareda había nacido en Lampa, puno, el 6 de marzo de 1920. Mi pueblo “es tierra de pobres que cargan un alma rica” me dijo, quien había renunciado a las apetencias materiales.  Recorrió a sabiendas esa ruta de dramas, hasta que el aguijón de la pobreza alteró su vida familiar y, ya joven, con toda su genialidad encima, marchó buscando protegerse de esa infamia de falta de oportunidades a los dieciocho años. Así, sorteando la tumultuosa y fría ciudad de Arequipa, siguió el camino impersonal hacia la gris capital, donde ingresó a la Escuela de Bellas Artes y bajo el ánimo de formación del eximio pintor indigenista José Sabogal.

Pero ni su talento, ni las extraordinarias condiciones que mostraba serían suficientes para brindarle las posibilidades de mantener la escuela, por lo que, buscando “mantenerse en el ambiente”, pintó retratos callejeros y trabajó como asistente en un estudio fotográfico hasta que en 1950 recién acabó sus estudios en Bellas Artes. Con una beca se trasladó a Buenos Aires, lugar donde se consolidó como artista, logró su primera exposición individual, tras lo cual decidió su retorno al Perú de la mano con sus preferencias por Rembrandt, Goya, Van Gogh y Velázquez.

Ya en Lima “La Horrible” se refugió en el Hotel «Lima», donde “La Parada” y el distrito de la Victoria fueron los espacios urbanos de caos, delincuencia y prostitutas que lo hizo confrontar valores desde su inspiración más íntima. En este mismo sitio se hospedó con Marilyn Monroe, la musa eterna de sus encantos que permaneció en sus paredes inspirando su obra y su vida en medio de un ensueño multicolor de arlequines que constituye ese recodo Europeo que los críticos identificaron entre los años 70 y 80 «como  su propia visión de la realidad y el nivel más elevado en su producción artística».

Lleno de excentricidades, sus trazos fueron un modo de pago y por eso, “su obra está entre todos, aun cuando no está en ningún lado”. Dueño de una singular manera de vivir, o morir de a pocos, según como se mire, el cuadro de su vida lo formaban el Hotel, el emolientero, las prostitutas que lo acosaban y el bar “El Cordano”. Conquistador impenitente de una parte de esa Lima que las provincias conquistaban sin pudores, fue el vencedor del caos reinante frente al que una carcajada se imponía acompañado de colores intensos llevados hacia nuestros ojos llenos de expresionismo y una nacionalidad íntima.

El final fue, como toda su vida, agónica y signada por un silencio que le tributó la enfermedad que le robó la voz, pero que no pudo callarlo. Una foto en el bar «El Cordano» nos recuerda su presencia, mientras su viejo hotel remodelado –para su sonrisa-, alejó momentáneamente a los parroquianos y ahora alberga a hijos de migrantes que con mejor ánimo se llaman emprendedores. El emoliente y el “calentito” ahora compiten con la  maca y otros brebajes que nos recuerdan la realidad de un país que existe y que nos invita a mirarlo para descubrir dentro, mucha más gente de la que nos imaginamos que existe.

Cientos de trazos y una libreta de notas no permitieron que se alejara de quienes se burlaba o con quienes vivía, incluso, de quien esta nota escribe y a quien, pese a mis modestos y atrevidos 15 años, despidió levantando el sombrero de copa y con un ademán llenó de glamour que nunca he podido olvidar.  Humareda murió en medio de reconocimientos en Lima el 21 de noviembre de 1986. Cuando me enteré de su fallecimiento fui al bar «El Cordado», justo frente a Palacio de Gobierno y frente a su retrato -que hasta ahora se conserva en el mismo lugar-, levanté la mirada y sonreí.

El  maestro había vencido la indiferencia y de seguro, reía a carcajadas. Supo siempre que había triunfado, aunque esta vez, viajaba solo, Marilyn lo esperaba en otro plano, mucho más lisonjero y atrevido que este.

HUMAREDA, MARILIN MONROE Y EL DESTINO

Nunca imaginé que mis vínculos con el periodismo me llevarían, de golpe, hacia el centro mismo de la genialidad, menos, que una casualidad, convertiría a un practicante como yo, en el reportero que realizaría la entrevista  acordada con Victor Humareda. 

Victor Humareda Gallegos, era de esos personajes que habían hecho de Lima una ciudad menos grisácea y fría. Su nombre generaba reconocimiento, aunque afincado en el populoso distrito de «La Victoria», había quienes en voz baja se referían a él como un marginal. Transitó impenitentemente hacia el bar «El Cordano» ubicado justo frente a palacio de gobierno en el centro de Lima por décadas,  llevando siempre a cuestas hojas en blanco, sus compañías imaginarias, fantasías irredentas y una risa burlona y sin sentido aparente que -mientras pudo- dejó constancia de su presencia.

Un trazo magistral solía acompañar ese pacto con la pintura que mantuvo frenéticamente hasta el último de sus días (o noches), dejando genial constancia de un expresionismo que lleva al observador de su obra ensimismado y casi de la misma forma como la complejidad y simpleza de  Vallejo nos traslada hacia un mundo de creación y riqueza espiritual.

Un día como hoy, 21 de noviembre, el año 1986, falleció en la ciudad de los Reyes el genial Victor Humareda. Sus ojos se cerraron luego que su voz se acallara antes de los 66 años de edad, cuando la vida no le debía exigir ese retiro que en cambio el cáncer le cobró.  La ciudad de Lampa, en Puno, había sido testigo de una pobreza secular allá en los años 20 del siglo pasado,  pero desde entonces sus logros sumaron victorias, primero desde que abandono la pobreza y luego, cuando comenzó a abrirse caminos de éxito con esfuerzo y trabajo en Arequipa y Lima,  donde en 1939 ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes, cuyos conocimientos y técnicas usó para salvar del hambre y la estrechez pintando en las calles.

Fuertemente influenciado por su origen, adoptó la corriente indigenista como propia y reconoció como sus maestros a José Sabogal y Juan Manuel Ugarte Eléspuru, entre otros, para, al terminar sus estudios, lograr una beca que lo llevó a Argentina hacia 1950, donde su formación artística se complementó  en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación de Buenos Aires.

Regresó al Perú el año 1952 con una exposición exitosa a cuestas  y más de una década después, volvió a marchar a Europa de donde volvió victorioso. Mi encuentro con el maestro Humareda se produjo cuando el periodista que lo entrevistaría sufrió un impase y tuve que reemplazarlo, sin saber que ese mismo día, quedaría prendado de este ser raro y al mismo tiempo genial. La conversación, ya impregnada por las dificultades del habla, sus propios conflictos internos y acaso, la suma de harta incomprensión, me permitió conocer al hombre real, el de los trazos que hablan, quien lleno de ternura y voz altisonante expresaba profundo y harto amor.

Fueron testimonios de fantasías, celebridades  y colores que envuelven su vida. Al culminar la nota, con varios diablos encima, lo dejé recostado en su habitación del viejo hotel «Lima» en «La Parada» donde dialogaba con Marilyn Monroe, quien desde la inmensidad de la pared parecía protegerlo mientras era acurrucado por el insaciable grito de ambulantes, prostitutas  y comercio callejero que lo rodeaba.  Antes de cerrar la puerta, mire de frente a su acompañante permanente y le pedí que velara su sueño. Humareda era tan grande que su alma parecía no entrarle en la ropa.

UNA NACIÓN ¿DOS PAÍSES?

Con los resultados electorales que enfrentaron a Pedro Castillo y Keiko Fujimori, hay quienes gustan sostener que “el Perú quedó divido en dos”, como si antes de aquella circunstancia, esa noción de diferencias, distancias y quiebres no hubiera existido. Lo cierto es que el centralismo asfixiante viene con la historia nuestra, con el abandono lacerante de las provincias, el imperio de una oligarquía centralista capitalina y la negación torpe de un país mestizo que ha sido una constante y al mismo tiempo, una de las causas que explican las enormes diferencias que separan a los peruanos y por la que los extremos desde el poder, produjeron realidades contrapuestas que los científicos sociales ubican frente al mar y tras el ande por un lado o, entre el norte versus el sur, pero siempre como herencia de la misma visión extractiva y mercantil en el que la opresión y el oscurantismo vino sobre nuestras espaldas desde los tiempos del coloniaje, un período estudiado desde la perversidad del simplismo en el que se suceden caudillismos insulsos, tragedias sociales, frustraciones políticas, violencia y naturalmente, esa absoluta inestabilidad que ha sido la constante de nuestra historia.

Desde que el aprismo planteó su Plan Máximo Continental el año 1924 y luego, el Plan de Acción local en 1931 para el Perú, un nuevo discurso ideológico marcó nuestro derrotero durante casi todo el siglo XX, testigo de una confrontación real al sistema de explotación que se vivía, a través de la defensa de un modelo político-económico de profundo carácter antiimperialista, descentralizador, participativo y transformador que ha sido modelo de muchas sociedades al que las derechas solo opusieron rechazos, consignas y vetos.

Lo cierto es que no se conocen fórmulas distintas al aprismo que hayan surgido desde la comprensión cabal de la propia realidad para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, lo que explica el por qué desde los sucesivos gobiernos, se convirtió en una constante el voluntarismo  y la actividad de los grupos minoritarios que, respondiendo al cálculo de cada época llevó a la preeminencia a un individualismo practicista, anodino, antiético y reaccionario expresado por lo general en la arbitrariedad de un pensamiento inmóvil que toleró el oscurantismo y el esclavismo laboral, basado en razonamientos mercantilistas (estatistas y privados) en el que convergen hasta estos días,  los extremos de las izquierdas y las derechas que nos siguen arrinconando bajo la maniquea dicotomía de “cambiarlo todo, o no cambiar nada”.

El país mantuvo por eso un tramo por recorrer para afirmar la república y también para consolidar democráticamente su futuro integrador, para hacer viable una mirada común que pueda desplazar primero, las limitaciones de esa perniciosa comprensión social y económica básica de los ciudadanos y del Estado y luego, intentar la derrota entre nuestros gobernantes y líderes políticos de la incapacidad y la corrupción, males tan dramáticos como el populismo demagógico más abyecto.

Irónicamente, la izquierda radical en el poder estos días, llena de contradicciones, incapacidades y con una mediocre complicidad caviar, mantiene «el estándar burgués de la sociedad de decadencia«, aúpa y protege personalidades que nadie sabe si abandonaron el violentismo, pero que “exigen democráticamente” se les deje gobernar aunque respiren voluntad totalitaria y desprecien el sistema; mientras la derecha y una gama de voluntariosos tontos útiles, se enfrascan en una lucha de frases, movilizaciones poco estratégicas y sin contenido a un gobierno que ideológicamente sabe que es lo que quiere, pero al que atacan sin asumir previamente sus propias responsabilidades, olvidando que fueron los grandes medios de comunicación que dirigen, los que dinamitaron a los partidos políticos y llevaron a Pedro Castillo al mismísimo  palacio de gobierno.

No es suficiente adueñarse febrilmente de las redes sociales para creer que campañas lideradas por opinólogos que «desde las nubes» resolverán todos los problemas, el daño que infligen a la conciencia social destilando “antis”  aumenta el problema, no ayuda a forjar conciencia y tampoco contribuye a deshacer el proyecto neo-senderista del entorno cercano de Pedro Castillo, defendiendo al mismo tiempo, en cambio, la imagen de una derecha organizada inexistente –siempre bajo el pretexto de la defensa de la democracia- encubriendo el modelo económico del neoliberalismo que defienden con sus rimbombantes juicios de valor mientras de paso, justifican la quincena.

Aquí se notó la ausencia orientadora de los partidos políticos permitiendo que el extremismo gane las elecciones, lo que nos lleva a enfrentar la crisis desde posiciones unitarias y progresistas entre pares, marcando distancia con esa idea abstracta de la democracia a la que aspira la derecha que es únicamente política, pero también, respecto del totalitarismo que muestra un gobierno al que hay que confrontar sin titubeos, bajo análisis rigurosos y posiciones firmes al lado del pueblo y su futuro, ya que, más allá del nombre del presidente o su partido, la historia parece reeditar como una fatal condena, que, tras la lucha entre intolerancia y el golpismo, tal y como ya sucedió, lo que viene es el fascismo, sobre todo, cuando, como en el caso reciente de Martín Vizcarra la medicina resultó peor que la enfermedad.

Reagrupar a la organización popular, reconstituir simultáneamente a los partidos y observar reflexivamente el conflicto social para redefinir las condiciones de la lucha política, permitirá generar mayor nivel de conciencia y posiciones de mayor consistencia para poner en marcha tareas formativas en todos los planos sociales posibles. No solo se trata de gritar, ni de estructurar mensajes que suenen agradables, tampoco de movilizarse sin saber con quién se marcha al lado, sino, de advertir que es lo que viene luego tras nuestro actuar, para que las groseras experiencias de Fujimori y Montesinos, Toledo y Maiman, Ollanta y Nadine, PPK y Vizcarra, así como el propio Castillo y Cerrón, simplemente, no se vuelvan a repetir.

Hay que tener cuidado «con los que opinan y con lo que nos venden» sobre todo cuando no conocen nada porque no orientan, confunden. Hay que alejar a los demagogos, a los aprendices de estrategas, a los que creen que la política es un juego autista de intuiciones, ya que en momentos de dura confrontación como el que vivimos no es difícil encontrarnos con los que creen que anarquizar y exacerbar el conflicto aporta a la consolidación de la democracia, cuando en realidad pone en riesgo los pocos espacios democráticos ganados en el seno de la sociedad  y que, perdiéndolos,  reeditaríamos un error tan grave como el que algunos voceros del gobierno producen al sostener que es mejor destruirlo todo, para empezar de nuevo.  

Hay que mantenerse alertas para que no se ponga en riesgo la supervivencia de las organizaciones y espacios que el pueblo ha ganado, ya que los que agudizan las contradicciones o anarquizan el escenario político lo que buscan es un coto del poder o la posibilidad de negociar a costa de la vida agónica del pueblo, sus propios beneficios. El Perú merece, por fin, tener científicos sociales, analistas con visión de futuro y actores políticos capaces como lo fueron quienes integraron la generación que lideró las luchas de inicio del siglo XX para poder avanzar hacia un futuro distinto y sustancialmente mejor.

RODRIGO FRANCO UNA HERIDA QUE AUN DUELE

Tributo a la entrega valerosa a una causa de justicia

Te recuerdo hermano, en medio de preocupaciones universitarias, inquieto, inteligente y trabajador. Te recuerdo joven, combativo, aprista y compañero.

Te recuerdo firme en tiempos en los que se daba todo y nada se pedía. Te recuerdo en los lazos de nuestros padres y abuelos perseguidos, en los sueños e ideales compartidos, en la fraternidad que nos une siempre y en la alegría de servir al que menos tiene tal como nos enseñó aquel al que llamábamos «gigante», Haya de la Torre, nuestro maestro.

Te recuerdo leal, comprometido y entusiasmado por hacer siempre nuevas  cosas, por rendirle tributo con tu actuar, a quienes cayeron antes, a los tuyos y a los míos, a las familias que lo dejaron todo por seguir la causa del aprismo que construye un país inclusivo, con justicia social, para todos.

Te recuerdo para señalar al cobarde de la mano siniestra que entre las sombras quiso tocarte y no pudo. Porque no pudieron contra ti, ni contra tu aprismo; porque el terror no te venció, ni aniquilaron nuestros ideales, ni nuestros sueños. Tampoco pudieron contra tu partido, ni contra tu país, ni contra esa nación a la que servías con entrega y decencia, esa patria a la que defendiste poniendo tu pecho aprista, ese inmenso bloque de amor que se interpuso entre la bala del terror artero y el futuro promisor por el que te esforzabas.

Te recuerdo inmenso y vencedor, más allá incluso del dolor de tu partida y el tiempo transcurrido… Te recuerdo hermano, como si hoy repitieras que “hay mandatos superiores que cumplir, más allá incluso del temor y la crisis”.

Te recuerdo en tu gigantesca presencia, en tu fe que fue, y es fortaleza, una motivación ante la que me inclino reverente por ser un tributo a la fuerza superior del martirologio del que siempre hablábamos, de ese valor que es ejemplo, pero que también señala la ruta del aprismo sacrosanto por el que transitaste orgulloso y que nos conduciría hacia la sociedad de Pan con Libertad, que es luz y es guía.

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¿QUE BICENTENARIO CELEBRAMOS?

No tengo duda, que las razones para defender las celebraciones promovidas por los 200 años que cumple la república, puedan tener algo de legitimidad, pero al ponderar este período de tiempo en una fecha celebratoria específica, de alguna manera, ponemos en evidencia también, la postergación de los demás hechos que constituyen parte de la gesta independentista que omite el registro de la lucha heroica de los pueblos contra el invasor imperial, la contribución a la gesta liberadora de los indígenas que llevó a la victoria y capitulación de las fuerzas realistas que sin embargo, no desarmó el andamiaje de impunidad y miseria que legó la conquista. Veamos porqué.

Cuando los españoles llegaron al Tahuantinsuyo, impelidos por la voluntad colonizadora de expansión territorial y el deseo irrefrenable de apropiarse de recursos, encontraron a los hijos de Huayna Capac, (Huáscar, quien controlaba a los incas del sur y Atahualpa, que había heredado el reino de Quito), sumidos en una lucha intestina por el control del imperio, pero ¿Cómo venció el reducido número de españoles, a la masa indígena? Fueron circunstancias poco felices en las que fue determinante la subestimación del Inca frente al extraño que al poco tiempo se transformó en asombro y luego temor a lo desconocido cuando explotó el arcabuz y la gigantesca imagen del impresionante hombre blanco montado sobre un animal, se mostraba invencible, cubierto y protegido en su piel de metal (armaduras) que el Inca enfrentó subido en un anda (o trono) cargado por cerca de 80 personas, premunido de lanzas y armas rudimentarias, panorama de desventaja que se agravó  por la concurrencia de distintos conflictos con diversas tribus que, alineadas con  indígenas, no pudo evitar -a pesar del oro y la plata entregada-, la masacre producida al capturar a Atahualpa, ni evitar su posterior asesinato.

Que grupos de indígenas apoyaran también, de distintas formas, la marcha y el ingreso de la expedición conquistadora a la ciudad del Cuzco un año después, el 14 de noviembre de 1533, dice mucho del ejercicio pleno del asentamiento del poder conquistador, con mayor razón, si fueron los españoles quienes nombraron a Manco Inca como el sucesor en el poder, dando paso a un período que marca el fin de la era de los más de 13 Incas -según las crónicas de Garcilaso de la Vega, Pedro Cieza león y Antonio Vásquez-, y los casi cinco siglos que habría durado el período en el que dominaron los Incas según el padre Blas Valera y Luis E. Valcárcel, citados por el periodista José Luis Vargas Sifuentes en un interesante artículo sobre la materia.

Es evidente que fue insuficiente el esfuerzo por consolidar geográficamente el poderío del Tahuantinsuyo, dada la incapacidad de sus líderes para superar sus desencuentros y divisiones (mal perpetuo desde entonces), lo que se tradujo en una resistencia desorganizada y por tanto, ineficaz, que, sumada al factor sorpresa y la desproporcionalidad frente al equipamiento de guerra usado por el invasor, produjo los resultados y consecuencias de sometimiento que se conocen, sin desconocer el valor de la defensa indígena que se mantuvo activa y heroica en algunos lugares hasta que finalmente, durante la gestión del virrey Francisco de Toledo (1569-1581), sucumbió, debido al afianzamiento de los primeros signos de pacificación que algunos consideran un gesto de genuflexión y derrota.

El debate en torno a los siguientes casi 200 años antes de registrarse los primeros aires emancipadores, sigue abierto y tiene  que ver con semiesclavitud y explotación criminal, aun cuando parece mantenerse circunscrito a significar si la conquista propiamente dicha, fue un proceso de transculturización que fusionó culturas o, lo que se vivió durante la tan mentada conquista española fue en realidad, el exterminio de poblaciones enteras en manos de un invasor que cubrió sus sables y la sangre de sus víctimas, bajo el manto sacrílego de una neo evangelización que grafica válidamente el cura Valverde en su diálogo con Atahualpa, pero se afirma con la instalación en 1750, en Lima, del Tribunal de la Santa Inquisición. En todo caso, lo cierto es que el grito de rebeldía con el que se iniciaría el fin de aquella etapa próspera de plata, mercurio y oro para los conquistadores y sus lacayos, pero de oprobio y muerte para los locales indígenas, no es de autoría extraña, se produjo tempranamente, hacia el año 1780, constituyendo la señal de una extraordinaria insurgencia popular negada o soslayada de mil formas por la historia oficial y que deberíamos recordar con mayor entusiasmo.

Aquel año, quedó registrado  el levantamiento indígena y campesino más grande contra el imperio liderado por José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II, cuyo derrotero independentista fue sumando adeptos a una causa liberadora de piel cobriza que incluye la ejecutoria de cientos de rebeliones, conspiraciones y la presencia de los montoneros, verdaderos ejércitos civiles de luchadores por la libertad , sembrando conciencias y forjando primero una auténtica causa independentista y luego, más allá del 28 de julio de 1821 y el acta de la independencia, en la batalla de Ayacucho, donde el ejército realista capituló, concediéndole el triunfo a los insurgentes en la Pampa de la Quinua.

Aquel 9 de diciembre de 1824 debió finalizar el virreinato, cuando los españoles “marchan de regreso a casa con lo producido, pero sin legar ninguna obra, ni aporte trascendente”, sin embargo,  aparece con claridad, otro signo inequívoco de lo que sería desde entonces una constante entre las clases dominantes en nuestra vida republicana, la impunidad y el servilismo. Características que se mantendrían durante todo este período de nuestra historia donde se dejó de lado el espíritu nacionalista, postergando hacer justicia -mas allá de confiscar bienes y riquezas materiales manchadas de sangre-, y evitando la reivindicación de una nación cruelmente atacada, que fue testigo desde entonces, de la forma como continuaron usufructuando del poder, las mismas familias que reclamaban “linaje español” para conservar a cualquier costo sus privilegios cargando el estigma infame de la opresión.

De esta forma, el pueblo sometido, explotado y humillado que exhibió con desvergüenza la conquista, mantuvo esa misma condición durante la república, haciendo evidente la existencia de un Perú español y virreinal que se mantuvo vivo -incluso sin los españoles-, frente a otro Perú que se resistía a perecer en medio del oscurantismo y la rebeldía, pero en el ande olvidado y confrontado con su viejo esfuerzo por empoderar un histórico proyecto de nación unitaria. La república, en poder de aristocracias necias y envilecidas, mantuvieron una idea promocional y cada vez más frágil de la nacionalidad, donde marcados señalamientos centralistas reconocía solo a los criollos como propios, sin apartar la mirada y las nostalgias de un ultramar castizo que ninguneaba las dramáticas manifestaciones de atraso y abuso indígena que parecían no tener clemencia, ni fin, tal y como lo denunció Manuel Gonzales Prada.

En conjunto, todo aquello parece explicar el por qué, mientras los demás países invocaban procesos independentistas, como revoluciones que sembraron libertad y progreso en sus tierras, reclamándolas además, como respuestas nacionalistas que ayudaron a cambiar el destino de aquellos pueblos, en el Perú, hubo quienes defendían seguir siendo el centro político y económico de una colonia ya inexistente, punto neurálgico de una torcida identidad imperial  generadora de  impunidad y vasallajes, que hizo perder de vista el gran aporte transversal del protagonismo popular de la autentica revolución independentista.

Aportó a la comprensión cabal de nuestra realidad, la manera como  J.C. Mariátegui reflexionó sobre el Perú y el hecho que, cuando la república aristocrática se alistaba a celebrar -entre pomposas y costosísimas celebraciones- el primer centenario de la independencia, las juventudes y los trabajadores, liderados por la genialidad de Victor Raul Haya de la Torre , insurgieran, planteando redescubrir el registro histórico, reivindicando a los postergados y declarando que no había nada que celebrar, optando en cambio, por manifestaciones progresistas que exigían impostergables cambios que significaron el impulso constructor de una nueva noción de política y nacionalidad, motivada por un auténtico sentimiento nacionalista de enorme trascendencia, traducida en la organización proletaria, las jornadas de lucha por las ocho horas de trabajo, la reforma universitaria, la creación de las Universidades Populares y su visión futurista de la defensa de la naturaleza y el derecho a la libertad de conciencia, esfuerzos todos, que fueron cimiento del naciente y extraordinario  movimiento popular fortalecido en la protesta, que logró, como en la gesta de Tupac Amaru, ser la voz de la desesperanza interpretando el clamor y sentimiento de los oprimidos y las provincias  que permitió crear conciencia de la necesidad de acabar con el centralismo oligárquico y  frenar los efectos del nuevo imperialismo que llegaba a nuestras tierras de la mano del nuevo siglo.

El Perú desde entonces, si bien vivió una tragi-comedia que reedita las mismas corruptelas, controversias, deslealtades y traiciones de siempre durante la república, recreó también, los impulsos promovidos por la generación de jóvenes y trabajadores que denunciaron la ilusoria bonanza económica que cayó del cielo y cubrió de guano y salitre el viejo drama del asalto a las arcas públicas, de oprobio las guerras y traiciones en las que nos involucraron y que fueron solapadas por el silencio miserable de gobernantes que no comprendieron la naturaleza del preludio de un capitalismo que debía consolidar nuevas y dinámicas estructuras, pero que, sin embargo, fue subsumido por las hondas raíces del vasallaje económico-cultural al servicio de un colonialismo que, gracias a sus oligarquías cortesanas, aplaudió la exploitación imperialista (de antes y de ahora), prefiriendo seguir sirviendo intereses extraños, sostenidos por dictaduras y totalitarismos que privilegian el rentismo y la exportación de materias primas, en vez de actuar contra la ignorancia, el abuso y la explotación, elementos que prueban la estafa contínua de una republiqueta en donde la máquina y la producción nunca fueron puestos al servicio del desarrollo, abdicando, como país, del derecho al progreso y el bienestar, mientras una anacrónica estructura semifeudal define la sociedad que preserva y donde se impone, entre otros, el sentido deleznable con el que el poder del dinero mira, interviene y define nuestro destino.

Pero esta historia de incomprensibles ironías, registros incompletos, protagonismos falsos,  heroísmos inventados y sentimientos  patrioteros, aún no termina. Victor Raul Haya de la Torre se encargó de mostrárnos aquella realidad en toda su crudeza, pero también nos planteo una ruta de transformación que reclamaba al país, ser más grande que todos sus problemas, exigiendo al mismo tiempo que las sucesivas crisis, corruptelas y fortunas mal habidas, asi como los ofensivos signos de opulencia, no tocarán las motivaciones historicas que fueron base del gloiroso movimiento popular que construye, justamente a través  del progresismo de este gran líder, una idea de país que  hizo voltear las miradas sobre la pobreza endémica con la que hay que acabar,  aunque la misma élite que le robó a los pobres su derecho a participar en la construcción de un destino distinto, este más preocupado en las pompas y los fuegos arificales de una fiesta en la que nadie responde la pregunta ¿Que celebramos realmente?.

La rebeldía transformadora, traducidas por décadas en causas revolucionarias, recoge la herencia gloriosa de las luchas producidas por las masas, nos recuerda la heroicidad que un pueblo que es el gran protagonista de una historia mucho más larga y sacrificada que la que se nos cuenta y que se la debemos al pueblo, más que cualquier caudillo. Por eso, aprestémonos a recordar el año 2024 la gloria de la Batalla de Ayacucho, la Independencia patria y el primer centenario de la fundación del aprismo, el marco ideal para una nación que no perdió nunca la dignidad y supo librar batallas para expulsar a las fuerzas del imperialismo invasor (ayer y ahora).

¡Viva el Perú!