EL BUEN RAMIRO PRIALÉ

En claro afán protagónico, un mediocre ex militar, acusado de asesinato y violación, que ahora funge de congresista para encubrir su impunidad, no tuvo mejor iniciativa que “sugerir” el cambio del nombre del hospital “Ramiro Prialé, proponiendo sea remplazado por el de otro notable peruano que, como el periodista Hugo Bustíos -asesinado brutalmente por la insania de un militarismo criminal-, efectivamente, merecerían homenajes, aunque, en honor a la verdad, sería mejor que se les haga justicia sancionando a los culpables de sus muertes, en vez de aplacar culpas y servir a los intereses del gobierno mediocre de turno, con pretendidos homenajes distractivos y ofendiendo a paradigmas de la nacionalidad.

Lo sucedido, que no afecta sustantivamente la memoria de Ramiro Prialé, ha sublevado -con justificada razón-, a quienes conocieron o saben quién fue este insigne y honradísimo político, y sus discípulos, han señalado la maniobra que tiene como único propósito, lograr publicidad ruin lograda sobre la infamia. Pero, ¿Qué podríamos esperar de quien aún no responde por las imputaciones de asesinato y violación en su contra?  A continuación, breves apuntes sobre la espartana vida de Ramiro Priale y su acrisolada actividad política.


Mi testimonio sobre Prialé, el hombre de la honestidad acrisolada

 

 “Mira chico, confieso que, desde una perspectiva circular, de tanto irme hacia la izquierda, los que están al frente mío, piensan que estoy a la derecha; pero ese, es sólo un problema que depende del ángulo del observador que me critica. Cuando me he reunido con algunos conservadores, éstos no me reconocen como uno de ellos, no entienden mi pobreza, censuran al cholo huancaíno con perfil indígena con el que hablan. Nunca me perdonarán militar en un partido de gente humilde donde, además, les parece escandaloso que hayan analfabetos”.

                         Ramiro Prialé

No puedo precisar exactamente cuando conocí a Ramiro Prialé, sólo sé, que mis recuerdos se pierden en los más bellos recuerdos familiares y aquellas interminables conversaciones producidas en su modesto hogar de la calle Luzuriaga en Jesús María, aquella, en la que mis escasos años de “Chapista” – como solía llamarme-, eran “superados a la n”, por el promedio de la edad de los habituales asistentes.

Los momentos que me dispensó este genial hombre, llenó de historias intensas mi joven militancia aprista, que, por él, fue convirtiéndose en un sello personal del que nunca más me apartaría. Ramiro Prialé, es el aporte más significativo del aprismo a las formas de la política democrática, fue un adelantado a su tiempo que convirtió en “vital” la necesidad de abrir el diálogo entre los peruanos distanciados y enemistados por décadas, para que prevalezca el sentido trascendente del ejercicio de una libertad participativa, con objetivos nacionalistas comunes en los que creía fervorosamente y a los que consagró su vida, convirtiendo la comunicación y el diálogo en instrumentos de realizaciones que abrían los surcos de una  entonces inexistente conciencia cívica nacionalista.

Las virtudes ciudadanas de este patriota, son de larga data. Nunca un sesgo de conveniencia, jamás el interés personal y menos de aprovechamiento. Su actuación no fue el resultado de un aprendizaje académico, menos de una impostación políticamente correcta, sino, heredad de su raigambre provinciana y de una vocación progresista que funda sus raíces en el espíritu Huanca y su origen rebelde y popular que no admitía exclusiones, ni fatalidades. Para él, la fuerza de la raza, fue el motor que lo llevaría desde entonces hacia la realización de sus más profundos ideales igualitarios, pugnando para ello por la organización eficaz de la vanguardia organizada, el APRA, y el entendimiento entre ciudadanos, mientras no quedaba un solo lugar donde su nombre no fuera asociado con una obra para la gente, sobre todo, para los más pobres.

Como buen dirigente político y Maestro, tenía convicciones profundas y siempre emprendía tareas de largo aliento. Las derechas le cobraron con dolor y cárcel su cercanía a Haya de la Torre y las izquierdas, acusándolo de un “derechismo” absolutamente inexistente e incompatible con su moral, pretendían doblegar a quien fraguó su adhesión al aprismo ofrendando su propio sufrimiento, esa ruta inexorable que generaron las tiranías y que golpeo al político con la persecución, la desintegración y el fallecimiento de su primera esposa tras su destierro a Panamá.

Sumó a su activismo no menos de 14 largos y agónicos años de prisión en los que «sólo se ocupaba del dolor de los demás, como una especie de terapia para olvidarse del propio«, amén de los largos períodos de persecución y oprobio que soportó por sus ideales, que no le borarrton la sonrisa, respondiendo con ironía y algo de humor, cada drama que le tocaba vivir. Fue a pesar de todo, artífice discreto de diversas soluciones políticas y acuerdos que hubo quienes, básicamente por ignorancia, cuestionaron sin conocer a fondo la trascendencia de dichos encargos. Forjó el Frente Democrático Nacional en 1945 y, en medio de incomprensiones, buscó y logró el diálogo entre los principales actores políticos en sucesivas ocasiones evitando dolorosas persecuciones, pero también, el abrir de las cárceles para la reunión de miles de miles de familias apristas dispersas desde 1932 en esa cruel diáspora de muerte que generó la feroz clandestinidad en la que la oligarquía sumió al aprismo de Haya de la Torre y el pueblo pobre que lo siguió..

Los juicios críticos contra Prialé, por corresponder a diversos momentos políticos y actos en los que intervino –siempre por encargo de Haya de la Torre-, están llenos de subjetivismo, sin embargo, a la luz del tiempo, juez imparcial de la historia, Ramiro queda reconocido como un pionero de la difícil tarea de desbrozar el camino de los grandes acuerdos nacionales, y, desde esa perspectiva, es uno de esos personajes que permitieron sostener la libertad en tiempos de difícil actuar, obra que ha salvado al Perú de la prolongación de dictaduras y nefastas autocracias.

Fue también uno de los grandes responsables de la supervivencia de su partido y protagonista excepcional de la moderna democracia en el Perú. Su nombre genera respeto entre propios y extraños por su forma permanente de actuar en el ámbito público y privado. Jamás dejó de extender su brazo generoso, para compartir lo poco que tenía con sus compatriotas, en la legalidad o la clandestinidad lo que produjo el inmenso reconocimiento popular del que gozo en vida y, naturalmente, también después de fallecido.

A este siempre joven, con una vida a cuestas, se le encontraba por lo general esforzadamente cumpliendo una recargada agenda social en la que escuchar al pobre, atender a su paso al provinciano y resolver como podía, los interminables requerimientos de los ciudadanos de a pie que lo buscaban aún sin conocerlos, eran siempre, la prioridad. Por eso una de las características de su tremenda personalidad, tiene que ver precisamente con el hombre común al que, conociéndolo o no, se detenía a saludar, con el que compartía sus preocupaciones y a los que les aceptaba la invitación para el bautizo de los hijos, la celebración de algún cumpleaños, acompañarlos en la felicidad del matrimonio austero,  o para ser parte silenciosa del último adiós, abrazando a la familia en el velatorio del ser querido, sin importar donde estuvieran ubicados los domicilios de estos nobles ciudadanos.

Así era don Ramiro, no usaba bastón porque convertía todo brazo amigo, en un soporte con el que edificaba su propia fortaleza. De acrisolada honradez y lealtades incondicionales, tuvo en el aprismo su principal referente y en Haya de la Torre el liderazgo al que sometió sus propias virtudes que le permitieron alejarse de las envidias e incidías menudas. Su personalidad fue concurrente con la vida modesta que llevó y que contrastó con el inmenso poder que todos sostienen que tuvo. Era fundamentalmente, un hombre bueno, de ánimo conciliador y honrado que llenó de entusiasmo y humor todo acto donde participaba “haciendo lo que había prometido y pensando primero en los demás”. Como buen Maestro e hijo de Maestro, acompañó a Víctor Raúl Haya de la Torre en la tarea de hacer pedagogía política. Fue el responsable de coordinar la acciones del Sindicato Estudiantil Aprista (SEA), la Federación Aprista Juvenil (FAJ), la Juventud Aprista Peruana (JAP), el Comando Universitario Aprista (CUA), el Club Infantil 23 de Mayo (CHAP) y un sinnúmero de estamentos gremiales, sindicales y bases territoriales, gustando reconocerse como el recurrente “encargado de la casa”, sobre todo, cuando los problemas arreciaban, con la misma diligencia con la que luego, daba siempre un paso al costado al anunciarse el retorno de las libertades.

Nació en Huancayo, Junín, un 06 de enero de 1904 y falleció en la ciudad de Lima el 25 de febrero de 1988. Político ejemplar que –sin mediar frase lastimera o queja alguna por la dureza de su destino-, se entregó consciente a tareas superiores en las que buscó, como obrero artesano de causas que lo dignificaban, la perfección personal poniéndose al servicio del bien común. Hombre libre y de buenas costumbres se convirtió en un claro referente moral en la historia del Perú y su presencia no está en los libros, ni en los recuerdos académicos solamente, sino, en la conciencia de los ciudadanos que piensan que, para consolidar las libertades, vencer a los enemigos de la democracia y emprender la ruta del desarrollo y la paz, deben seguir buscando objetivos comunes. La noción de sana ciudadanía y la renuncia a los acuerdos de cenáculo cerrado o componendas amorales, fue impulsada por quien fue diputado, Constituyente, Senador y muchas veces Secretario de Organización del APRA buscando siempre coincidencias, sumando y multiplicando, nunca restando ni dividiendo bajo el principio rector que fuera satanizado por décadas: “Dialogar, no es pactar”.

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