LUIS ALBERTO SANCHEZ EN LA INMENSIDAD DE LA HISTORIA

Luis Alberto Sanchez, o “el doctor Océano”, vino con el siglo XX (1900), y su nacimiento data del mismo día en que algunos recuerdan el encuentro de dos mundos y otros, el testimonio cruel del genocidio de millones de indios en manos de la conquista de un Imperio.

Fue profesor de escuela, escritor, periodista, abogado, crítico literario, traductor, editor, catedrático universitario y político. De ideas liberales, comento más de una vez que quiso estudiar en el “Primer Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe”, pero terminó estudiando en La Recoleta, porque sus padres querían alejarlo de los revoltosos

Fue parte sustantiva del equipo que hizo realidad el proyecto del periódico aprista “La Tribuna” del que fue su exitoso director junto a Manuel Seoane, con quien, en muy pocos meses, tras haber revolucionado el periodismo local con nuevos formatos y aportes, competía con el diario “El Comercio”, a quien confrontó en medio de una polémica ideológica que la historia recuerda como el gran debate entre la oligarquía y los pobres.

Hombre de fe y partido, su vida estuvo ligada a las Altas Letras, al aprismo al que consagró su vida y, a Haya de la Torre, con quien mantuvo una relación personal entrañable.

A él se debe la afirmación de los valores de la Reforma Universitaria que mantuvo desde el llamado “Conversatorio Universitario” del que formaron parte Raul Porras Barrenechea y el propio Haya de la Torre, entre otros, pero también, de la llamada segunda reforma. Su vida intelectual está íntimamente ligada a su militancia política de toda la vida en el aprismo y, a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la que fue tres veces rector, y en la que sus aportes son tangibles, incluyendo el impulso a la investigación y a la realización del proyecto de la Ciudad Universitaria.

Alejado de los brindis pacatos, le fueron esquivas las nominaciones pomposas y los reconocimientos de la burguesía intelectual, pagando con dignidad su militancia política, aunque su vivo interés por la realidad nacional y la literatura, marcó el compás de la historia de la que fue real protagonista, por eso, sus reconocimientos llegaron por sí mismos y luego, su nombre aparecería en el registro histórico con sus más de cien libros publicados.

Tentado en muchas ocasiones, fijó una línea inquebrantable contra la felonía y la traición. Lo recuerdo emocionado en sus clases de Historia de América, en su curul Parlamentaria, o en su sobrio estudio del jirón Moquegua, en medio de esa impenitente condición de periodista que atendía «columnas» de comentarios radiales muy de mañana, de Abogado desarrollando estrategias procesales en su Estudio Jurídico, mirando el mundo críticamente, traduciendo textos y recibiendo sin mayor complicación a quienes lo visitábamos, claro, cuando no asistía al partido a las reuniones de la Comisión política apoyado siempre por un conjunto invalorable de colaboradores que lo asistían y entre los que destacaban, Alberto Franco, amigo, sanmarquino y compañero de mi padre y Manuel Aquézolo, amigo, villarrrealino y compañero, como quien estas líneas suscribe.

Había perdido gradualmente la vista y sin embargo, cada vez parecía ver mejor que otros cada acto o suceso que se producía en el país o en el mundo. Dueño de una inteligencia magistral, ejercitaba a menudo su sagacidad casi instintiva -al que con los años le adicionó esa ventaja que da la experiencia- confrontando polémicamente a sus adversarios políticos.

El buen Luis Alberto, el compañero Sanchez, o simplemente, LAS, vivió al compás del latido de su corazón aprista que dejó de latir el 06 de febrero de 1994, año en el que, como suele suceder, comenzaron los homenajes tardíos y negados por mezquindad en vida, aunque, LAS pudo siempre más que sus adversarios y constituye un referente de la política peruana y latino o indoamericana. Su recuerdo perenniza el sentido trascendente de una vida puesta al servicio de la cultura y la política, de esa buena política que, en estos tiempos de mediocridad y corrupción, tanto extrañamos y necesitamos.

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