AREVALO Y UNA CRUZ A LA VERA DEL CAMINO

Manuel Arévalo Cáceres: Pasión y muerte de un líder proletario

Desde los años 40 del siglo pasado, una enorme y singular cruz se levanta entre los pueblos de Huarmey y Pativilca, en una zona llamada “Cerro Colorado”, a la vera de la carreta Panamericana.

En la medida que uno se acercarse a ella, ésta crece majestuosa e imponente y, a pesar de encontrarse en una zona literalmente inhóspita, los lugareños dan cuenta que indistintamente, a cualquier hora del día o la noche, se detienen viajeros, quienes limpian el lugar, dejan flores en su regazo y levantan su brazo izquierdo.

Cómo no suele pasar con ninguna otra expresión monumental, en sus casi 80 años, esta cruz no ha sufrido, ni barbarie, ni es sus muros existe registro o escritura alguna, sin duda, una señal de respeto.

Pero esta no es una de esas tantas manifestaciones de culto y religiosidad que marcan el paso de los transeúntes y viajeros de todo el país, es un oasis de convicciones y un punto cósmico de reconocimiento profundo, dedicado a valores que la entrega de una vida nos recuerda como una exigencia en la búsqueda de formas civilizadas de convivencia, justo en nombre de los cientos de miles de héroes que el pueblo pobre ha entregado en el ideal de un país justo y libre.

La historia de aquella cruz, es la de un hombre, Manuel Jesús Arévalo Cáceres, una vida agónica que se apagó justo en el lugar donde se levanta la cruz. Allí, por largo tiempo, acampaban grupos de jóvenes y era un punto de encuentro en el que grupos de personas se congregaban para realizar actos de sensible recogimiento. Luego se supo que la cruz, ahora erguida y firme, fue en realidad la segunda. La primera cruz fue artesanal, con bases de barro y hecha de madera por manos proletarias en el último tramo de la llamada “gran clandestinidad” que sufrió el país desde 1932 en manos de dictadores.

Meses antes de llegar a la primavera democrática de 1945, el lugar fue asaltado, la rustica cruz destruida sin que el dictador pudiera impedir que cada 15 de febrero los trabajadores y el pueblo pobre se reuniera en aquel lugar. Sin la señal en medio del camino, la inspiración de Haya de la Torre convocó manos encallecidas por la labor de pesca, a sudorosos campesinas y fortaleza obrera local para levantar una nueva Cruz bajo la labor vigilante de Alfredo Tello Salavarría y Carlos Tello, reconocido aprista de la localidad de Barranca, quienes fueron testigos de la forma emocionada  como se levantó esta nueva señal de identificación popular en tributo al martirologio de una de las figuras más trascendentes del movimiento popular, a un hijo del pueblo, a Manuel Jesus Arévalo Cáceres, autodidacta, líder entre los cañaverales en La Libertad, organizador de inquietudes obreras y Diputado constituyente aprista, contra quien, en 1937, tras una persecución oprobiosa, el dictador Benavides se ensañó, deteniéndolo, encarcelándolo, torturándolo de manera monstruosa y finalmente, asesinándolo por la espalda justo allí, hasta donde tres criminales de la policía política lo llevaron, creyendo que su muerte física, quebraría al movimiento que representaba, hiriendo el corazón del noble pueblo aprista.

Luis Alberto Sánchez narró en su Memorias que: “Le destrozaron las falanges de los dedos metiéndolas entre los goznes de una puerta para reventárselas al cerrarlas violentamente. Sin dedos, azotado, golpeado, colgado de lo que quedaba de manos, Arévalo fue despachado en un automóvil hacia Lima a fin de evitar la protesta de los cañaveleros del valle de Chicama”. La vida de Arévalo constituye un emblema de dignidad para los trabajadores y para quienes, inspirados en su lealtad y consecuencia, siguen sus pasos buscando justicia social.

Una tumba vacía en el Cementerio de Miraflores, en la ciudad de Trujillo, da cuenta de una ausencia simbólica que por años la reacción consideró una victoria, sin embargo, tras su muerte, Arévalo pasó a la inmortalidad convirtiendo su pensamiento y obra en un mandato: Fe, unión, disciplina y acción.

La Cruz de Arévalo sigue siendo un punto de peregrinación proletaria y acaso, un centro de reavivamiento aprista que nos recuerda la heroica vida de un noble luchador social que entendió que la verdadera victoria sobre la opresión y la injusticia, está en el sentido trascendente de la conquista de la justicia social que hoy, mirando la Cruz, ubicada a la vera de la carretera Panamericana, nos recuerda esa vida agónica, de sacrificio y entrega de un mártir como Arévalo, quien nació un 15 de octubre de 1903 en la localidad de Santiago de Cao, en el Valle de Chicama, en tierras de La Libertad y fue aprista.

 

 

 

Gráfico y fotos: Croce, archivos LS.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *